No se veía un alma en el exterior de los edificios también blancos. Nadie. Todo era silencio, soledad, viento y hielo. Un paisaje técnico, valioso, creado por las manos de los hombres a costa de vidas, esfuerzos titánicos y sacrificios indescriptibles. Había seis enormes navíos espaciales que, como mudos y estáticos centinelas de acero, esperaban una larga cuenta hasta cero para lanzar un rugido de átomos desencadenados por sus toberas y salir lanzados al espacio infinito, en órbitas que la ciencia del hombre había establecido como invisibles puentes de comunicación entre la Tierra y los remotos mundos.
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No se veía un alma en el exterior de los edificios también blancos. Nadie. Todo era silencio, soledad, viento y hielo. Un paisaje técnico, valioso, creado por las manos de los hombres a costa de vidas, esfuerzos titánicos y sacrificios indescriptibles. Había seis enormes navíos espaciales que, como mudos y estáticos centinelas de acero, esperaban una larga cuenta hasta cero para lanzar un rugido de átomos desencadenados por sus toberas y salir lanzados al espacio infinito, en órbitas que la ciencia del hombre había establecido como invisibles puentes de comunicación entre la Tierra y los remotos mundos.